Conversión Cuaresmal

  • Convertirse es recordar que el Señor nos hizo para sí y que todos los anhelos,
    expectativas, bú
    squedas y hasta frenesíes de nuestra vida, sólo descansarán,
    sólo llegarán a su plenitud, cuando volvamos a El.

  • La conversión es la llamada insistente de Dios a que asumamos, reconozcamos
    y purifiquemos nuestras debilidades.

  • La conversión es ponernos en el camino de rectificar los pequeños o grandes errores
    y defectos de nuestra vida, con la ternura, la humildad y la sinceridad del hijo pródigo.

  • La conversión es entrar en uno mismo y tamizar la propia existencia a la luz del Señor,
    de su Palabra y de su Iglesia y descubrir todo lo que hay en nosotros de vana
    ambición
    de presunción innecesaria, de limitación y egoísmo.

  • La conversión es cambiar nuestra mentalidad, llena de eslóganes mundanos,
    lejana al evangelio, y transformarla por un visión cristiana y sobrenatural de la vida.

  • La conversión es cortar nuestros caminos de pecado, de materialismo, paganismo,
    consumismo, sensualismo, secularismo e insolidaridad y emprender
    el verdadero camino de los hijos de Dios, ligeros de equipaje.

  • La conversión es examinarnos de amor y encontrar nuestro corazón
    y nuestras manos más o menos vacías.

  • La conversión es renunciar a nuestro viejo y acendrado egoísmo,
    que cierra las puertas a Dios y al prójimo.

  • La conversión es mirar a Jesucristo y contemplar su cuerpo desnudo,
    sus manos rotas, sus pies atados, su corazón traspasado y sentir la necesidad
    de responder con amor al Amor que no es amado.

  • Y así, de este modo, la conversión, siempre obra de la misericordia
    y de la gracia de Dios
     y del esfuerzo del hombre, será encuentro gozoso,
    sanante y transformador con Jesucristo
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