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Convertirse es recordar que el Señor nos hizo para sí y que
todos los anhelos,
expectativas, búsquedas
y hasta frenesíes de nuestra vida, sólo descansarán,
sólo llegarán a su plenitud, cuando volvamos a El.
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La conversión es la llamada insistente de Dios a
que asumamos, reconozcamos
y purifiquemos nuestras debilidades.
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La conversión es ponernos en el camino de
rectificar los pequeños o grandes errores
y defectos de nuestra vida, con la ternura, la humildad y la
sinceridad del hijo pródigo.
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La
conversión es entrar en uno mismo y tamizar la propia existencia
a la luz del Señor,
de su Palabra y de su Iglesia y descubrir todo lo que hay en
nosotros de vana
ambición
de presunción innecesaria, de limitación y egoísmo.
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La conversión es cambiar nuestra mentalidad,
llena de eslóganes mundanos,
lejana al evangelio, y transformarla por un visión cristiana y
sobrenatural de la vida.
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La conversión es cortar nuestros caminos de
pecado, de materialismo, paganismo,
consumismo, sensualismo, secularismo e insolidaridad y emprender
el verdadero camino de los hijos de Dios, ligeros de equipaje.
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La conversión es examinarnos de amor y encontrar
nuestro corazón
y nuestras manos más o menos vacías.
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La conversión es renunciar a nuestro viejo y
acendrado egoísmo,
que cierra las puertas a Dios y al prójimo.
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La conversión es mirar a Jesucristo y contemplar
su cuerpo desnudo,
sus manos rotas, sus pies atados, su corazón traspasado y sentir
la necesidad
de responder con amor al Amor que no es amado.
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Y
así, de este modo, la conversión, siempre obra de la
misericordia
y de la gracia de Dios
y
del esfuerzo del hombre, será encuentro gozoso,
sanante y transformador con Jesucristo.
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